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Editorial Elvira y Fosfatina Ediciones, una nueva etapa de sinergias creativas

Comenzamos esta nueva etapa muy ilusionados con el objetivo de mantener nuestro compromiso total con la cultura. Editar libros en estos tiempos sigue siendo algo precioso y muy satisfactorio, pero cada vez más complicado. La incertidumbre que nos rodea y el impacto de grandes plataformas, que lo monopolizan casi todo, hacen que nuestro sector no se encuentre en el mejor de los momentos.

Es el momento de unir fuerzas y por eso hemos puesto en marcha una página web para dar cabida a dos identidades editoriales que conviven bajo los influjos poderosos de la Panificadora y así generar nuevas sinergias creativas. Editorial Elvira se centra en la literatura y Fosfatina Ediciones en la vanguardia gráfica. Dos editoriales independientes que comparten el amor por las narrativas en todas sus formas. Dos entes que se fusionan en un proyecto común sin perder ni una partícula de su idiosincrasia.

Para celebrar esta retroalimentación casi natural, extendemos los descuentos del Black Friday desde hoy hasta dentro de una semana. Usando el código «FOSFATINA2020», podréis gozar de un 30% de descuento en todos los productos de los catálogos de Fosfatina Ediciones y Editorial Elvira que adquiráis en nuestra nueva tienda online hasta las 23:59 horas del jueves 3 de diciembre.

Editorial Elvira e Fosfatina Ediciones, unha nova etapa de sinerxías creativas

Comezamos esta nova etapa moi ilusionados co obxectivo de manter o noso compromiso total coa cultura. Editar libros nestes tempos segue a ser algo fermoso e moi satisfactorio, pero cada vez máis complicado. A incerteza que nos rodea e o impacto de grandes plataformas, que o monopolizan case todo, fan que o noso sector non se atope no mellor dos momentos.

É o momento de unir forzas e por iso puxemos en marcha unha páxina web para dar cabida a dúas identidades editoriais que conviven baixo os influxos poderosos da Panificadora e así xerar novas sinerxías creativas. Editorial Elvira céntrase na literatura e Fosfatina Ediciones na vangarda gráfica. Dous editoriais independentes que comparten o amor polas narrativas en todas as súas formas. Dous entes que se fusionan nun proxecto común sen perder nin unha partícula da súa idiosincrasia.

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Conversamos con Antón Patiño sobre Esquizoide

Dos mil veinte: han pasado más de cuarenta años desde que un Antón Patiño universitario creó Esquizoide. Cuarenta años en los que las vanguardias culturales se han ido retroalimentando en los márgenes institucionales. Cuarenta años en los que el mensaje de esta rareza de la «banda deseñada galega» no solo no ha perdido fuerza, sino que es más actual que nunca.

La idea de reeditar Esquizoide surge como una chispa en el contexto de Caosmos, una retrospectiva de la obra de Antón Patiño que comienza precisamente en su adolescencia. Tener tan a mano al artista nos permite mirarlo de cerca, ahondar en lo esencial de su mente y, por supuesto, de Esquizoide.

Esquizoide es una obra editada en 1978. ¿Quién es Antón Patiño cuando se crea Esquizoide?

En ese momento tenía veintiún años y era un adolescente comprometido con la realidad social compleja después de la dictadura, con un clima asfixiante por la falta de libertades todavía muy reciente. Entonces tenía un comportamiento muy crítico, una posición muy inquieta. Leía muchas cosas, hacía muchas actividades distintas: fotografía, dibujo, escritura automática, poesía, muchas lecturas… Hombre, la ventaja era tener la librería de mis padres y el propio domicilio, mi desordenado cuarto adolescente allí; tenía acceso a mucho material cultural. Era un adolescente cargado de sueños y con el pensamiento en una dimensión utópica de transformación, de generar otros mundos alternativos a la mediocridad del ambiente, al miedo interiorizado, a esa sensación ruin y claustrofóbica, a esa larga enfermedad moral que representó el franquismo.

Teniendo en cuenta esa transformación, ¿quién es Antón Patiño a día de hoy? ¿Te sigues sintiendo representado por este trabajo?

La cartografía, las coordinadas del adolescente son muy revolucionarias, muy radicales, muy de ensoñamientos, de pensar que se puede cambiar realmente el mundo. Hay cosas que azotan a la vida privada, a la realidad que puede tener cada uno y luego otras que tienen una dimensión ya colectiva.

Ahora creo que, viendo con distancia ese estrato biográfico de mi adolescencia, muchos de esos sueños y utopías siguen presentes. Sigo luchando y peleando por muchas de esas cosas. No he renunciado a esos sueños en el plano individual; en el plano colectivo sí que es más complejo, porque no siempre hay una adecuación entre lo que son las posibilidades de cambio individual y las colectivas, eso depende de los procesos históricos, de las luchas culturales, de las distintas correlaciones de fuerzas que existen… y no siempre conseguimos sacar las cosas adelante de manera colectiva.

Pero en conjunto, en ese tête á tête con la etapa adolescente, me encuentro bastante bien.

Partiendo de esa realidad adolescente en un contexto determinado, Esquizoide se presenta como una reivindicación… ¿Cuál es esa reivindicación?

Esquizoide nace con la idea de llevar el espacio del cómic, hacia otra dimensión. Hay que tener en cuenta que los referentes que se valoraban en ese momento eran sobre todo del cómic francés: Corbin, Druillet, Moebius… que también me interesaban mucho, pero yo quería hacer más oxigenante y que encajara con lo que yo entendía que era el legado de las vanguardias históricas en el periodismo, dadaísmo, expresionismo, la pintura de acción americana, el letrismo… Además tenía la referencia de mi primo Raimundo Patiño, que fue un pionero junto con Xaquín Marín y otros. Yo me sitúo en esa línea de ruptura que incorpora un medio de comunicación de masas como puede ser el cómic para introducirle elementos de tensión vanguardista propios de las artes visuales. Me sitúo en la fotografía, en la fotografía experimental, en la fotografía manipulada con colores, el grafismo, la serigrafía, el pop… ese mundo escindido de la abstracción pictórica y gráfica. Con todo esto hice una amalgama y salió esto. La idea era impulsarlo hacia un cómic abstracto, liberado, digamos, de la narración y de la dependencia de la palabra. O sea, jugar con la sintaxis del cómic para llevarlo a otra dimensión.

En aquel momento fue un poco incomprendido, es cierto. Fuera de España bien, sobre todo en los espacios de libertad que podían ser los libros de artistas y el mail art (arte por correo) que era un elemento de comunicación internacional que me puso en contacto con muy buenos corresponsales en Alemania, Estados Unidos, Italia, Holanda… dentro del mundo fluxus y posfluxus de la vanguardia europea y americana. Pero en España la verdad es que hubo cierto rechazo. Desde Galicia se consideraba una oportunidad perdida para el cómic gallego, cuando todo lo que está escrito ahí es en gallego, si hay algo de palabra está en gallego. Trataba de explicar la censura con personajes amordazados que hablan, pero que no se entiende bien lo que dicen, para reflejar también ese mundo del ruido moderno, de la visualidad simultánea, del mundo urbano… hay muchas cosas presentes en el cómic.

Por lo que estoy viendo en función de la reedición, el cómic esta siendo bien recibido, ahora se entiende mejor. En este sentido decía Deleuze siguiendo a Proust que un artista habla en un idioma futuro. Y efectivamente, la vanguardia de hace cuatro décadas pasa a ser una propuesta que se incorpora con naturalidad hoy en día.

Desde la disidencia de la vanguardia cultural y desde la disidencia política que puede tener Esquizoide, ¿cómo se podría colocar en la actualidad? ¿Cómo crees que podría encajar el mensaje de este cómic en las nuevas generaciones?

Desde el punto de vista político el mensaje de Esquizoide está censurado y tal vez con razón, porque hay momentos muy fuertes, poco menos que la defensa de la lucha armada. Hoy en día muchos de los contenidos que hay ahí encriptados no serían asumibles desde un punto de vista razonable. Expresa ese momento de lucha contra la dictadura, la situación de que todo lo que se dice está casi prohibido. Es un grito en defensa de la marginalidad psicológica, de las libertades y de todo lo que está fuera de la ley, en el contexto de una sociedad administrada que no deja ni un huequito para la expresividad. Hoy en día la situación es de un totalitarismo inédito en el mundo tecnológico y de la globalización. Creo que es una situación más dura y difícil que la que representaba el franquismo, porque a fin de cuentas la lucha contra la dictadura era la lucha contra un anacronismo. Y ahora luchar contra los regímenes globalitarios, contra la sociedad de control, contra la economía de la atención… es mucho más sutil y complicado.

El grito que plantea Esquizoide es contra la sociedad de control. Una defensa contra la basura y la contaminación (contaminación visual, contaminación de todo tipo). También está presente la defensa de la antipsiquiatría, que era una pieza angular de la lucha psicológica de los años sesenta y setenta, que yo creo que sigue vigente porque a medida que el mundo avanza hacia un proceso de robotización el espacio de libertad va a estar muy vinculado al patrimonio principal que tenemos los seres humanos: los sentidos. Los distintos sentidos en libertad y conexión con la naturaleza. Si nos dirigimos hacia una sociedad «pantallada» donde estamos juntos pero aislados, el virus ultraliberal va a estar actuando como elemento disuasorio. Y ahora que aparecen enemigos potentes y no visibles, se genera un nuevo estigma en relación a los encuentros humanos, a las risas compartidas y a toda esa posibilidad de las tertulias y de las dinámicas culturales humanas. La verdad es que estamos en un mundo bastante tremendo.

Es un grito visual. La posibilidad de hacer un magma de grafismos libre, muy próximo a los dibujos animados, a la animación gráfica… Está hecho como un álbum visual, una novela gráfica casi nihilista y convulsa. Dos de mis referentes eran mi primo Reimundo y Victor Moscoso (norteamericano de origen gallego). En toda su psicodelia está la huella de los dibujos animados y esa posibilidad expresiva del dibujo, de darle un dinamismo donde todo está agitado, todo es convulso y todo es como un magma…

La primera parte de Esquizoide tiene trazo grueso; la sintaxis, digamos la gramática visual, estaría en esos compartimentos negro rotundo que marcan las ventanas de las distintas viñetas. Y ahí tienes un collage. Mi estrategia es el «principio collage», donde tienes un contenedor potentísimo que es la reja y la cuadrícula, que están muy teorizadas en el arte moderno siendo un paradigma o leitmotiv en sí mismo. Además esas ventanas a la realidad funcionan como un esquema de orden, todo el desorden del adolescente aislado puedes meterlo ahí. Aparecen también referentes fotográficos a través de fotos como quemadas. Están las fotos de mis primos, de mis hermanos, de mi familia, con Menchu, acciones y happenings privados que hacíamos… y luego está la versión gráfica, dibujística de todo ese material fotográfico.

La segunda es más solitaria, pero está el desarrollo de todo ese desorden visual, de ese movimiento total de las formas orgánicas, defendiendo un ecosistema muy libre y donde todo está mezclado. Hablo mucho de la estética de la basura, de que estamos como abarrotados en la sociedad urbana. La ciudad es un espacio muy ordenado, muy geométrico, pero a lo que llegamos es a una especie de gran vertedero. Siento mucha simpatía por el desorden, así que de alguna manera ese vértice visual del vertedero, del horror vacui está muy presente.

Creo que nunca defendemos el caos de una manera definitiva porque necesitamos también esquemas de orden. Por eso el título de la exposición del CGAC: CAOSMOS, porque defiendo el caos como artista, porque es el magma mater, es la materia primera, es la fertilidad de la creatividad, pero también parto de la base de que ya existe, ya está ahí en un lenguaje de los diferentes códigos de representación y de expresión del ser humano.

Creo que las vanguardias son risas compartidas. Lo que cada generación puede aportar al mundo son las risas, experiencias hedonistas compartidas, transgresión, pirotecnia de tirar cohetes para intentar reventar todo. No creería tanto en la palabra revolución como en la revuelta. Esa revuelta que pueden hacer juntos los poetas, los pintores, los creadores de tendencias… toda esa amalgama revueltera, como cuando Rompente decía: «Ai carallo, Petrogrado, que revoltallo!». Esa sensación de que hay mucha dinamita artística para intentar humanizar este mundo deshumanizado, robótico y de las grandes multinacionales de la expropiación del alma del ser humano.

Esquizoide nace dentro de un colectivo que es el Colectivo da Imaxe. ¿Qué es? ¿Quiénes lo conformaban? ¿Como surgió este movimiento?

El Colectivo da Imaxe es un grupo interdisciplinar de cuatro amigos. Carlos X. Berride, arquitecto que murió hace unos años, Jorge Agra, que también viene del mundo del espacio y que desarrolló su labor profesional como interiorista. Hicieron muchas cosas juntos, Agra y Berride, siendo grandes creadores de diseño gráfico y de fotomontaje. Los otros miembros del Colectivo da Imaxe fuimos Menchu Lamas, la pintora, mi compañera, y yo. Nos conocimos bajo un cartel de Castelao en el bar de la facultad de Bellas Artes en Madrid y nos hicimos muy amigos. Teníamos puntos en común en la fotografía, la arquitectura, el diseño, Galicia… Empezamos a colaborar con editoriales y con convocatorias de diseño gráfico. Hicimos muchas cosas y el cómic, efectivamente, está bajo ese paraguas editorial del Colectivo da Imaxe.

En el grupo teníamos una especie de «Bauhaus» en pequeño y yo era el pintor caótico abierto a otras sensibilidades. Carlos Berride y Jorge Agra me mostraron el método: había que pensar en las distintas ideas, llegar a una conclusión y luego refutarlo. Una vez que haces un borrador y un apunte, deja de servir y tienes que tener una papelera al lado para tirar ese papel… Yo nunca tiré nada, tenía la tenía en un estado de desorden total, como si fuera el obrador de Francis Bacon más o menos.

Esquizoide es una propuesta personal, pero que nace en el contexto de la interacción y de las sinergias con Menchu Lamas, con Jorge Agra y con Carlos Berride. También en el contexto de Loia, la revista literaria que hacíamos con Lois Pereiro, su hermano Josito Pereiro, con el escritor Manuel Rivas… Y en el de Rompente, donde todo era una fiesta continúa, un carnaval. Nos lo pasábamos muy bien haciendo todo tipo de investigaciones y aventuras creativas.

Las vanguardias nacen de la gente joven, en experiencias en grupo donde la risa es un cincuenta por ciento y la otra mitad es lo que puede aportar cada uno. No digo que no haya reflexión, lecturas y estudio, pero debe ser una parte casi como privada. Lo importante es lo que cada persona puede aportar a una especie de estallido común, una reverberación rupturista.

En aquella época pensábamos que las transformaciones tenían que ser de uno mismo en primer lugar y luego en grupo, en los pequeños grupos de intervención, de activismo cultural. Es más, si tuviera que definirme de alguna manera sería activista cultural. No me encuentro en ninguna de las clasificaciones convencionales, me interesa más la idea de la mezcla. «Un hombre collage», es lo que mejor define mi posicionamiento. Considero el collage como una realidad natural de la expresión, de la vanguardia y de la modernidad. En realidad, nuestra experiencia va a ser la simultaneidad de la no linealidad, la existencia de un tiempo en el que vivimos muchas vidas porque tenemos muchos roles. La ciudad divide su vida en diferentes papeles sociales y al final somos lo que dicen que somos, porque la integridad es realmente la experiencia comunicativa. Cuando era adolescente no creía mucho en la posibilidad de que llegaran a entenderme, pero hoy en día creo que la comunicación es clave y no podemos dejar que los grandes grupos de dominación económica y política definan nuestra agenda, tenemos que definirla nosotros y no podemos dejar que nos arrebaten nuestros sentidos.

Pienso mucho en que las posibilidades emancipadoras del arte y la cultura tienen que ser defendiendo sus espacios… igual que hay espacios de la sanidad y la educación públicas, la cultura tiene que tener un acceso abierto a todas las clases sociales. Tenemos que lograr encaminarnos hacia una sociedad más igualitaria en la que la cultura sea un servicio público en sus diferentes manifestaciones. Entonces tendríamos una sociedad en la que el pensamiento crítico estaría presente y conseguiríamos apartar un poco más esa robotización de la que hablo.

En este sentido, Carlos Oroza refleja muy bien todo ese mundo también de la psicodelia, de la generación beatnik, ese mundo de los años sesenta de la lucha por las libertades que habría que retomar a día de hoy. Herbert Marcuse y Benjamin son lo que queda del pensamiento liberador de Marx con relación a las tesis del fetichismo de la mercancía. La sociedad, las nuevas generaciones tienen que tener conocimiento de esa experiencia liberadora para poder tener esas herramientas sensoriales y de activismo, de apertura a otras nuevas dimensiones, a otros mundos posibles que están en nosotros, en la prolongación de nuestros sentidos. Todo este patrimonio está precisamente en el joven Marx, el que merece la pena leer y darle una nueva vuelta al sentido de su carácter de liberación total.

Como activista cultural, ¿cómo ves el panorama actual del cómic? ¿Ves ese activismo hoy en día?

Tengo la asignatura pendiente de entrar en ese mundo de la nueva creatividad, que va muy de la mano del cómic, porque creo que es un espacio muy abierto a las sensaciones. Por un lado las sensaciones del color, ese color que está ahí como hirviendo, el color que es pura interacción porque no existen los colores aislados, sino que existe el color como relato, ese relato del color libre. Y por otro lado la geometría y el minimalismo. Aquí mismo, en Fosfatina, se han hecho propuestas muy radicales de tipo conceptual que apelan mucho a lo sensorial y donde puede haber un abanico enorme de experiencias.

Es un mundo que me interesa mucho y que voy conociendo poco a poco, además toca temas fundamentales como la potencialidad de la línea. La historia de la línea en el cómic va a tener tantas variantes como esfuerzos de la imaginación humana para construir mundos inéditos, porque el autor (que viene de augere, viene de aumentar, autor es el que aumenta), es el que contribuye a que el patrimonio humano sea enriquecido con esa nueva aportación. Porque es una palabra que viene de los romanos, como dice Ortega, autor sería el que aporta nuevos territorios al Imperio. En este caso, apartando todo tipo de aportación militar o territorial, imperialista básicamente, es al revés: es el que aporta a la imaginación común ese momento de soledad de alguien que pasa muchos meses aislado del mundo para hacer esa aportación. Porque una de las cosas que a veces no se ve cuando tenemos una novela gráfica entre las manos, son las toneladas de tiempo invertidas en esta aventura. Cuando tenemos un libro en las manos, debemos contemplar todo el trabajo de artesanía que hay ahí y que va desde el autor de los dibujos, a los libreros, pasando por el editor y la imprenta… todo ese canal del ecosistema libro (o del ecosistema editorial) es lo que hace que llegue a nuestras manos, tenemos que ser conscientes de eso.

Pensemos ahora en el color, puedo hablar de la historia del arco iris en un cómic sin usar una sola palabra. Puede tener un mensaje liberador, puede ser simplemente un canto al color cuando estalla… Se puede hacer algo totalmente nuevo y si hay una docena de autores convocados para hacer un cómic dedicado al arco iris, pues va a haber doce propuestas e itinerarios posibles de acercamiento a ese concepto.

Mezclamos ahora la línea con el color y evidentemente ya es otra propuesta. Hay tantas posibilidades que es mejor no hablar, sino ponerse manos a la obra para hacer una propuesta práctica.

¿Por qué precisamente hacer ahora esta reedición? ¿Por qué con Editorial Elvira y con Fosfatina? ¿Cuáles son tus sensaciones al recuperar este trabajo?

Esto nació de una forma sorpresiva, nació así como sin pensar, como un chispazo, hablando con Xabier Romero por teléfono, supongo que está vinculado a la exposición Caosmos en el CGAC. El director, Santi Olmo, me dijo: «Yo quiero que estén los años setenta, porque estaba en Vigo cuando hiciste aquella muestra cómica del artista adolescente». Entonces hablé con el comisario y aceptamos el reto. Fue un reto difícil porque teníamos la obligación de empezar en los setenta y ahora estamos en 2020… Lo que hicimos fue hacer años setenta, años noventa… saltamos los ochenta, ese fue el truco. Apartamos mi etapa más conocida como pintor, que es la época del carnaval, de la fiesta libertaria, de la fiesta sensual y polícroma de esa década.

El cómic está presente casi como un tótem en la exposición CAOSMOS y todo surgió en este contexto y de forma casi espontánea. Xabier dijo: «Pues esto tiene que hacerlo Rubén con Fosfatina», porque a fin de cuentas es una editorial de referencia en el cómic.

Tenemos que conseguir entre todos hacer un ecosistema vivo, orgánico, donde ese tejido de las nuevas sensibilidades y de las nuevas tendencias vaya configurando las ciudades creativas y en crecimiento. El gran Vigo tiene 500.000 habitantes, esta ciudad es una metrópolis y necesita un apoyo a la cultura para que ese ecosistema permita que las nuevas generaciones consideren que Vigo es una ciudad creativa donde las nuevas tendencias y todas las iniciativas nuevas puedan tirar hacia adelante. No todas las ciudades pueden tener un museo de Arte Contemporáneo o una biblioteca especializada en Artes Visuales, pero sí que, a partir de determinado número de habitantes, creo que la ciudad tienen la obligación, la responsabilidad política de conseguir y permitir que esas plantas crezcan, que ese ecosistema vivo aparezca. En este sentido, creo que las editoriales Fosfatina y Elvira están muy vinculadas a la tierra, al material autóctono, al sedimento de la creatividad rebelde como un sismógrafo que registra lo que está pasando aquí y eso se tiene que transmitir. Ese fluir, ese termómetro en relación con las nuevas sensibilidades, no puede estar arraigado en el poder. Es una porción subversiva, porque estamos buscando nuevas formas de vida. Un espacio de libertad creativa que va a coincidir con lo que le gustaría a Carlos Oroza que es «la verdadera vida». La verdadera vida es la que hacen las clases subalternas, la invención de la creatividad que diría Michel Fartzoff, otro gran representante de la microfísica del poder, de la resistencia de las sociedades, de las celdas de hierro de la razón dominante.

Estamos tomando oxígeno en los espacios de libertad, en las grietas que permite el sistema. Pero la creatividad humana es infinita y son muchas las posibilidades de ese legado cultural que supone la conexión intergeneracional de las vanguardias. Podemos hablar Luis Seoane e de Arturo Souto, podemos hablar de Brais Pinto y de Méndez Ferrín, de Reimundo, del «novo cinema galego» que es una realidad en ebullición en todo el mundo, una realidad que está mostrando la creatividad gallega porque existe una mirada específica desde esta orilla atlántica. Es una dimensión de los procesos culturales vinculada a una naturaleza, a una geografía, a un ecosistema climático y cultural, a un poso que fueron dejando Rosalía de Castro, Luis Pimentel, Uxio Novoneyra, Luis Pereiro… y en el mundo de la arquitectura Palacios, Manolo Gallego, Cesar Portela, Mauro Lomba… básicamente todas las apuestas y propuestas que hacen en los distintos canales expresivos las distintas generaciones.

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Esquizoide, a maxia atemporal da singularidade

1978, a sociedade cambia a un ritmo vertixinoso e a contracultura móvese buscando novos escenarios nos que denunciar as violencias estruturais coas que conviven. Antón Patiño tiña 21 anos e experimentaba con viñetas, trazos e secuencias, construíndo un berro de liberdade entón que precisamos recuperar nos nosos días. 

Máis ou menos superado un tardofranquismo escuro e represivo, preséntase un espazo novo con todos os matices por definir. Neste contexto, moitos novos artistas convértense nun faro para a transformación; unha luz brillante que sinala as reivindicacións dun pobo ávido de movemento. 

Esa mocidade non sempre supón unha falta de madureza, máis ben todo o contrario: a provocación e a ruptura das convencións estéticas e discursivas son o signo de identidade dunha vangarda en plena efervescencia. Unha mocidade cun obxectivo claro, instrumentalizar a arte e a cultura como ferramentas para o compromiso e a denuncia social. 

O cómic experimental sempre ten o valor do disidente, pero nesta situación tan particular e sen ter apenas referentes, é unha rara avis que resplandece fóra da normatividade imposta. Insto é o que é Esquizoide de Antón Patiño: unha sorte de singularidade. 

Marxes desfiguradas que escapan das súas propias contornas. Densidades visuais que interpelan á nosa conciencia nun sistema que obvia todo aquilo que o incomoda. Toda unha atmosfera de asfixiante realidade que demostra que «o que non se nomea no existe». 

Á fin e ao cabo é una posición política total que pode dar lugar a diversas interpretacións. Por unha banda está o evidente: mostrar realidades excluídas, neste caso a dos enfermos mentais. Pero doutra banda a súa análise esíxenos reformularnos un sistema absolutamente contraditorio, esquizoide de base, que nos somete a unha alienación de extrema complexidade na que funcionamos como xuíz e parte de represións veladas. 

Polo seu valor artístico e teórico, Esquizoide é unha das referencias fundamentais da banda deseñada galega. E, grazas ao traballo conxunto entre Editorial Elvira e Fosfatina Ediciones, a reedición desde cómic experimental verá a luz nun momento no que é case imperativo recuperar todo ese espírito crítio para reconstruír os nosos degoxos.